Santo y Seña presenta:
Un expediente sobre las imágenes que ya no salen de una cámara
y lo que eso le hace al marketing
La fotografía
1827 a 2026
Falsificar algo solía exigir que existiera un original al cual robarle la forma. En 2026 ni siquiera queda un original que reproducir.
Las imágenes que consumimos a diario ya son simulacros puros: representaciones sin origen ni referente en el mundo físico. La pantalla dejó de reflejar la realidad hace mucho tiempo. Hoy se adelanta a ella, la fabrica desde cero y la reemplaza.
Lo que se está rompiendo frente a nuestros ojos va mucho más allá de los anuncios malos en redes sociales. Es el fin del contrato con el que operó la sociedad moderna durante casi doscientos años: el acuerdo básico de que nuestros ojos servían para confirmar qué era verdadero y qué era mentira.
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Al ritmo del primer mes de Nano Banana: la app de Gemini pasó de cero a 5 mil millones de imágenes generadas en menos de un mes, del 26 de agosto al 24 de septiembre de 2025, según publicó en X un vicepresidente de Google (OfficeChai).
Porcentaje de las pistas nuevas que sube la gente, de enero de 2025 a junio de 2026, medido por el detector de Deezer. Solo 1 a 3 % de las reproducciones son de esas pistas.
“Interiorizamos tanto el sistema de vigilancia que actuamos para una audiencia invisible incluso cuando estamos solos y el teléfono está apagado en otro cuarto.”
Sería muy cómodo echarle toda la culpa de esto a la inteligencia artificial.
Pero el trabajo sucio de acostumbrarnos a la mentira lo hicimos nosotros mismos durante una década con los influencers.
Pasamos diez años entrenando al ojo para vivir dentro de una escenografía. Gente rentando por media hora un avión privado parado en un hangar. Cajas vacías de tiendas de lujo apiladas detrás del espejo. Mesas en el restaurante de moda reservadas nada más para tomarle foto al plato antes de que se enfríe. Hasta lo espontáneo tenía presupuesto detrás: ahí están las fotos estilo paparazzi de Bella Hadid apareciendo muy casual con un bote de helado David acomodado en el ángulo exacto que necesitaba la marca.
Durante el siglo veinte, el espectáculo consistía en acumular tantas imágenes que la representación del mundo se volvió más importante que el mundo mismo, pero al menos existía una frontera entre tu vida privada y la fantasía de la pantalla. Hoy esa distancia desapareció. No es solo que las máquinas aprendieran a imitar a los humanos; es que los humanos llevan diez años entrenándose para hablar, moverse y resumir su vida con la cadencia que exige el algoritmo. Interiorizamos tanto el sistema de vigilancia que actuamos para una audiencia invisible incluso cuando estamos solos y el teléfono está apagado en otro cuarto.
Cuando todo se produce para ser exhibido, la visibilidad pierde su valor de cambio. Por eso el estatus está empezando a invertirse. En una economía donde cualquiera puede simular lujo o éxito con dos instrucciones de texto, mostrar demasiado en público deja de dar prestigio y empieza a leerse como necesidad económica. El privilegio real en los próximos años se va a mover hacia el ocultamiento: círculos privados donde nadie graba, lugares que solo se descubren de boca en boca y experiencias diseñadas a propósito para no dejar rastro digital.
Miles de millones de dólares al año en el mundo, estimaciones de Influencer Marketing Hub; faltan 2015, 2017, 2018 y 2023, que el reporte no publica.
“La estética de lo crudo y sin filtro ahora es otro filtro más.”
Lo que antes requería rentar locaciones, pagar luces y contratar a un creador dispuesto a fingir frente al aro de luz acaba de multiplicarse por mil.
Con plataformas como Higgsfield corriendo modelos como Seedance, el video terminó de desconectarse del mundo físico. Hoy cualquiera abre la computadora a las dos de la mañana, escribe tres líneas de texto y saca en cinco minutos veinte videos de clientes que no existen recomendando un producto que nunca han tocado.
El truco de estos modelos es que ya aprendieron a fingir imperfección. Copian el temblor de la mano sosteniendo el celular en el baño, los poros abiertos, el parpadeo y esa luz mala de departamento que antes nos hacía sentir que un video era real. La estética de lo crudo y sin filtro ahora es otro filtro más.
Por eso la reacción automática frente a cualquier pantalla hoy es desconfiar. Antes de pensar qué significa una imagen, nos hacemos dos preguntas:
Cuando abres el feed sientes que todo está montado como un set que levantan cuando entras y desarman en cuanto te vas. Las cuentas pueden ser bots, las caras pueden ser generadas y el momento casual era pauta pagada.
Ahí adentro nadie te habla como persona; te ven como mercado.
Si el software ya puede clonar cualquier imperfección visual, la única prueba de verdad que nos va a quedar hacia adelante es el costo físico y temporal de las cosas. Vamos hacia una obsesión por todo aquello donde sea imposible hacer trampa con edición: formatos largos en vivo sin cortes, encuentros presenciales minúsculos y oficios donde se note el desgaste real de quien los hace. El tiempo y la fricción física van a volver a ser los únicos detectores de mentiras que un servidor no puede falsificar.
Porcentaje de aciertos al separar lo real de lo generado: 315 personas con caras, en PNAS (2022); 12,500 jugadores del quiz Real or Not de Microsoft (2024); 219 personas con entrenamiento, en PNAS.
“El cerebro se defiende apagándose y cerrando la cartera.”
Cuando la copia sin origen reemplaza a la realidad, el valor comercial de todo lo que cabe en una pantalla cae a cero.
Y eso mete en un problema grave a toda la industria del marketing, que lleva un siglo viviendo de fabricar deseo con imágenes.
En el e-commerce ya se volvió ridículo. Miles de dueños de tiendas y directores de marca juran que ya la hicieron porque se ahorran la producción armando anuncios en Higgsfield. Descargan los videos de su competencia, les clonan el guion de los primeros tres segundos palabra por palabra, levantan una tienda fantasma en diez minutos y llenan las redes de caras sintéticas recomendando suplementos.
A esos equipos siempre hay que preguntarles lo mismo: ¿qué carajos creen que están construyendo?
Cuando alguien abre Instagram y le salen cincuenta anuncios iguales que mueven las manos idéntico y prometen milagros con la misma voz clonada, siente en el estómago que le quieren ver la cara. El cerebro se defiende apagándose y cerrando la cartera.
Para que algo comunique estatus o deseo necesita suficiente escasez para ser distinto y suficiente verdad para que le creas. La sobreoferta del algoritmo combinada con la desconfianza hacia la IA nos dejó sin ninguna de las dos.
Para el 99% de las marcas que no tienen el presupuesto de Nike en un Mundial, esto obliga a partir la estrategia en dos extremos y abandonar la fantasía de convencer a desconocidos en un feed público que ya está muerto. Por un lado, las empresas van a tener que alimentar con datos limpios y autoridad técnica a los motores de búsqueda de inteligencia artificial para existir cuando alguien haga una consulta racional. Por el otro, van a tener que construir refugios fuera del algoritmo.
Antes la imagen era el activo principal y la comunidad era solo el público que la veía; ahora la comunidad es el activo. El trabajo real consiste en entender las normas, los rituales y las mañas de ese grupo de gente, dejando que las fotos o los videos sean apenas el rastro secundario que confirma que no eres un turista queriendo venderles algo. A veces un refrigerador es solo un refrigerador, y lo que comunicas debería ser el resultado natural de cómo vives y trabajas, no utilería comprada para aparentar estatus en el teléfono.
Claro que la mitad de la industria va a seguir sacando muñecos en Seedance hasta quemar el presupuesto del trimestre, porque meter un prompt en la computadora da mucha menos flojera que construir una marca que aguante de verdad.
Durante un siglo las marcas compitieron por ver quién gritaba más fuerte frente a la cámara. En la etapa que empieza ahora, las únicas marcas que van a importar son las que le den a la gente un pretexto creíble para apagar la pantalla y saber que sigue habiendo alguien real del otro lado.
Parte del tiempo que la gente en Estados Unidos pasa viendo contenido de sus amigos, según la evidencia de la propia Meta citada en la sentencia de FTC contra Meta (tribunal de D. C., 2025).
Cambio cuando el anuncio avisa que se hizo con IA, entre quienes notaron el aviso: atractivo del anuncio, confiabilidad del anuncio y confianza en la empresa (Yahoo y Publicis Media, 2023).
Tráfico que los chatbots mandaron a sitios web en México en octubre de 2026 (Statcounter).
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